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23-02-2009 Contalo Vos
El Flaco se escapů en un Dunita cual CapitŠn Beto

Luis Alberto Spinetta se ofrendó a su público en una ceremonia íntima en la Plaza de la Casa de nuestra ciudad, el sábado pasado. La llovizna no lo frenó. Ni a él ni a los miles de santafesinos que se acercaron a disfrutar de un espectáculo cerrado, de culto, en el que Spinetta interpretó varios de sus temas melódicos, acústicos, en los que la poesía lastima el alma y crea surcos imborrables.

En la plaza se mezclaba mi adolescencia, los rostros de siempre, ahora con hijos en sus brazos. Fue un placentero reencuentro con varios rostros de los que el tiempo me alejó por un rato. También estaba la generación de nuestros padres, esa que creció junto al Flaco. “Este tema es para los Fernández, que están por allí”, dijo Luis señalándo al público. Y sonó La flor de Santo Tomé, tema dedicado a su novia, que vive en la vecina ciudad. Había exposición de ilustraciones, pizarrones y tizas para quien quiera dibujar, un payaso que entretenía a los chicos (y a padres), y mucha paz.

Otro momento esencial fue cuando Claudio Cardone, el único músico que lo acompañó, activó en su teclado el sonido de un grillo constante y se escucharon los primeros acordes junto a los versos “si no canto lo que siento, me voy a morir por dentro... Barro tal vez”.

Entre tema y tema Spinetta transmitió sentidos, sensaciones y sueños. Así fue como interpretó una versión de La Guitarra, poema de Atahualpa Yupanqui al que León Gieco agregó melodía y el Flaco versionó en su paso por nuestra Santa Fe. También se dio el gusto de interpretar Las cosas tienen movimiento, “de mi querido amigo Fito Páez”, introdujo. Y más adelante describió: “Le pasé a León unos acordes y él me devolvió esta letra, se llama 8 de Octubre, y es un tema dedicado a los chicos muertos en el accidente de La Tragedia de Santa Fe”. Tenía puesta la remera de Conduciendo a conciencia, la organización que nació tras la muerte de los compañeros de escuela de su hija Vera, cuando retornaban desde Chaco a Buenos Aires en micro, donde habían ido a realizar un trabajo solidario. Antes del recital Augusto Lasalvia, padre de Justine -una de las chicas fallecidas en el accidente- acalló el murmullo, despertó respeto y congoja. Agradeció a Spinetta, “nuestro mejor soldado” en la lucha por “sumar aliento” en firmas, “para que la seguridad vial sea política de Estado, más allá del color político, de las gestiones” (este último dato agregado fue tomado de la crónica de mi colega Flor Arri, de la sección Cultura).

Hubo música. Temas nuevos y viejos ritos. Hasta ¿Rasguña las piedras? zapó, cuando un colgado le reclamó que toque el tema de Sui Generis y el Flaco sonrió, interpretó el “estribo” y cortó con un “es lo que me sé”.

Lo que quedó en el aire fue la sensación de haberse encontrado con la raiz del Flaco-espejo. La escencia. Pasaron durante estos últimos años sus power tríos, sus sonidos rockeros, pero Luigi transmitió una coherencia incoherente respecto de los tiempos posmodernos que (sobre)vivimos.

Tras dos amagues de chau Spinetta subió por última vez al escenario e interpretó Seguir viviendo sin tu amor, con batería electrónica sintetizada desde el teclado de Cardone. Al terminar retrocedió en sus pasos, se sentó nuevamente sobre la silla, tomó el micrófono y dijo: “Recuerden, el que chupe que no maneje. Nada más, es eso. El que chupe... no maneje”.

Cuando la plaza se vaciaba algunos se acercaron por detrás del escenario para saludar al Flaco. Había dos combis listas para partir. Entonces un Duninta rojo avanzó entre la gente y se perdió en la oscuridad de calle 3 de Febrero. En el asiento trasero viajaba Luis Alberto Spinetta, que bajó la ventanilla para alzar su mano afuera del coche y despedirse de su gente.