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16-07-2009 Contalo Vos
Un encuentro con los CARNEVIVA en la quinta de Lucio

La cosa comenzó con un llamado de mi amigo Ariel Nadalini diciéndome algo así como: Martincho ¿cómo va eso?... che, ¿querés hacer la foto para la tapa de la revista?

Al día siguiente, aunque fuera un domingo, con todo lo que eso implica (si es que uno anduvo caravaneando la noche anterior) encaramos en la motito de Ariel la Ruta 1... si, la tan cotidiana ruta uno para los amantes de los escapes de fin de semana hacia esas latitudes.

Cuando felizmente llegamos a la quinta del reconocido baterista, se puede decir que nos encontramos con un panorama “pos-noche rockeada”. Se encontraban allí Lucio y los dos recientes integrantes de la banda. Nos recibieron amablemente y luego se abocaron a preparar el almuerzo. Con Nadalini procuramos mantenernos siempre al margen para no interferir en el normal desenvolvimiento de ese lento ritual, realizado al tiempo que dictan los cuerpos que se van recuperando (después de la lógica resaca), en mágica amalgama con la esencia del entorno. Paisaje y aire de la isla. Faltaba el “Tavo”, quien no se demoraría en llegar.

Cuando el “Tavo” Angelini, vocalista de Carneviva, llego al lugar se puede decir que le aplicó una inyección de vitalidad a la situación. La cual venia interesante pero sin embargo faltaba algo nada menos que fundamental: la magia del hombre que atrapó a su público con ese carisma extraordinario. El hombre que supo volver a sus seguidores fanáticos. Que creó la tribu fiel e incandescente. Que de una banda de rock local, hizo una banda de culto.

“¡Las noches me asentaron bien! ¡Ya no quiero ir al cabaret!” cantó el “Tavo” espontáneamente mientras saludaba a un camarada echado sobre un colchón en la sala de ensayos. Antes se habían dado un abrazo fraternal con “el Lucio” y antes nos había saludado cordialmente a Nadalini y a mí, dos “fanáticos encubiertos” de la banda para la que en minutos íbamos a hacer unas fotografías.

Ya de regreso a la ciudad después de haber pasado un grato momento, con Nadalini reflexionábamos sobre la experiencia: habíamos creado un ídolo en la época en que los ídolos eran necesarios casi como una cuestión vital. Aquellos años de adolescencia, cuando necesitábamos pertenecer a un grupo e idolatrar algo. Ahora no podíamos sacarnos ese bagaje de encima, y mejor así, porque de esa manera revivimos esos buenos recuerdos. Pero ya la mirada era otra, despojada de aquellas construcciones idealizadas. Ahora era la mirada sobre personalidades más que sobre ídolos, sobre músicos talentosos más que sobre estrellas de rock.