| Aurelianos, Úrsulas y José Arcadios |
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María Eugenia Ferreras
mery_mef@hotmail.com
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| Cervantes dijo que “la escritura es el lenguaje del alma”. Seguro que si en vez de escritor, él hubiese sido bailarín, habría dicho lo mismo sobre la danza. |
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Creo que cualquier arte es la traducción de algo que por dentro nos llena tanto, que se nos hace necesario transmitir, y que cuando llega a un tercero (al que lo ve, o lee, o escucha) cierra ese círculo fantástico que nos termina de renovar.
Leer o escribir es casi lo mismo. Son “mentiras” que sirven para encontrar la verdad. Mentiras porque aun partiendo de lo más concreto, en el papel todo se vuelve ficción. Y verdad, porque con el arte siempre surge el yo más verdadero. Yo cuando escribo siento que me voy conociendo un poco más.
Por eso, al que lee y escribe poco lo más honesto que puedo hacer es invitarlo a eso, a una experiencia. Al ponernos a escribir, vienen siempre a la mente un montón de imágenes, personas, hechos. Volcar todo eso en una narración es un modo de ordenarlo y darle un sentido. Reconocerlo, y por ellos reconocernos.
A veces también es al revés, y son las cosas del mundo las que nos despiertan y nos ponen a escribir. Y así es como entonces vamos llevando por la vida esa sensación de encontrar en todo la excusa para una historia. O lo mismo del otro lado, cuando un libro nos enamora: todo parece tener que ver con él. Me pasó con “Cien años de Soledad”; encontraba Aurelianos, y Úrsulas, y José Arcadios por todas partes.
Justamente García Márquez sería alguien que yo recomendaría, aunque del mismo modo que recomendaría el helado de cereza: sólo por lo mucho que me gusta. Aunque a Gabito el año pasado por la movida que se armó en torno a él, ya lo leyó medio mundo.
Tampoco conozco tantos autores como para saber llamar correctamente a leer al que no lo hace, así que basándome en mi experiencia, mejor rendirme a invitar a quien corresponda a leer cuentos.
Y hablo de rendirme porque hasta hace un tiempo yo amaba leer sólo novelas y poesía (cosas que yo no soy capaz de escribir ni en mil intentos), y al relato breve (que es lo que mejor me sale) ni me le acercaba. Hasta que tuve que aceptar eso de que lo que es bello, es tal en todos sus lados.
Así que me pasé al otro lado de la hoja, y me encontré con que los cuentos, después de todo, resultan ser tan mágicos como las novelas (y a veces hasta mejores, porque la magia en un cuento es magia concentrada). Entonces, como a Gabito, empecé a querer y a seguir a Jorgito, Julito, Marito, Horacito… ¿Abelardito?: Borges, Cortázar, Benedetti, Quiroga, Castillo.
Las novelas y la poesía, por supuesto, me siguen atrapando tanto como antes. Lo que te atrapa una vez, si te atrapa de verdad no te deja nunca. (Lo sé porque desde la infancia nunca pude desprenderme de Elsa Bornemann).
Así que supongo que, simplemente, leer es eso: dejarse llevar. Lo que haya que pensar ya lo pensó el que escribió (a no asustarse si parece, a veces, que habla de uno).
Y lo mismo para escribir. A veces me cuesta concentrarme o me gana la pereza, pero siempre vienen bien los certámenes literarios. Ahí se puede llegar con la cabeza en cualquier lado, ya que uno no se va hasta que lo que se pasea por el pensamiento se consigue traducir en una historia.
En fin, me queda avisar que a la hora de escribir sobre escribir, no sé si llegué a decir todo cuanto y como hubiese querido. La próxima, en todo caso, lo vuelvo a hacer a modo de cuento. Ahí seguro me sale mejor.
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