| María (26) vivía en la Costanera, salía a bailar a los boliches junto a su grupo de amigas y estudiaba hotelería. Hasta que un día su vida cambió de la noche a la mañana. Conoció a Agustín (33) y decidió acompañarlo en su sueño.
Así fue que cambió cemento por tierra, boliche por pulpería y hotelería por unos 16 mil pollitos que cría junto a su pareja. “Cuando era chica mis viejos se iban al campo y yo no los acompañaba. Odiaba el verde. Nunca imaginé que yo alguna vez viviría acá –cuenta María-, mis amigas todavía no lo pueden creer”. Se la ve feliz y su rostro luce relajado, aunque no ha dejado el maquillaje, un signo de urbanidad.
Esta historia se replica en otros rincones de nuestra provincia. Son los jóvenes que no heredaron campos, pero que decidieron dejar la ciudad e intentar una vida distinta, hermanados con la naturaleza.
Agustín nació entre gigantes de hormigón, en Capital Federal. Llegó a Santa Fe en su adolescencia, junto a su familia, y terminó el secundario en Inmaculada. Este hijo de maestros que tiene un hermano músico en París supo desde joven que lo suyo no era la ciudad. Por eso se fue a Esperanza a estudiar Veterinaria. Allí conoció una fauna de amigos increíbles que le enriquecieron sus conocimientos sobre cómo subsistir en el campo.
Hasta que un día tomó la decisión y se fue a Empalme San Carlos, un pueblo que quedó aislado entre Esperanza y nuestra ciudad cuando dejó de funcionar el ferrocarril, y aprendió a criar conejos. No le fue tan bien. Pero le sirvió para aprender el resto de lo indispensable para vivir en zonas rurales. Tuvo caballos, ganado, huerta y crió perros de raza.
Más tarde llegó la posibilidad de criar pollos parrilleros para una firma importante de nuestra región. Entonces arrendó un galpón con algunas hectáreas de potrero que habían estado bajo agua en el 2003, al norte de Recreo, y montó su primera producción. La cosa empezó a funcionar y se compró una vieja F100. Si algo le sobraba entonces era la convicción de que a la ciudad ya no regresaría.
Y llegó el salto mayor. Al poco tiempo nomás Agustín pudo tener su campo propio, unas 2,5 hectáreas entre Nélson y Llambí Campbell. Cuando llegó, junto a María, era una taperita llena de yuyos y un corral en desuso. Con sus manos –hoy ajadas y ásperas- levantó un galpón de 105 metros de largo por 15 de ancho donde cría los pollos, plantó postes, alambró los límites, abrió zanjas y colocó el cartel junto a la tranquera, en honor a su pareja: “La mal llevada”.
Cuando pisaron por primera vez la chacra, hace unos dos años y medio, sólo había una casa semiabandonada que debieron refaccionar por completo. Los tres primeros meses no tenían luz eléctrica, agua potable, ni vidrios en las ventanas. Lo urgente era montar el galpón para los pollos, así que debieron postergar la comodidad por largo rato.
Hoy María ya no se queja como los primeros días de las gotas heladas que caen sobre su colcha durante la noche, cuando transpira la chapa que la separa del paisaje de las estrellas. Ya no le reclama a Agustín que coloquen el cielorraso.
Juntos, esta pareja de jóvenes construyó cimientos, columnas, tirantes, clavó las chapas, tendió el cielorraso de arpillera y colocó sistemas de regadío y calefacción dentro del galpón. A los pocos meses tenían todo listo y llegaron los primeros pollitos. La vida en el campo les daba su primera caricia y la satisfacción era grande.
Los días en “La mal llevada” ya no son tan duros. La rutina de trabajo empieza temprano. “Me levanto cerca de las siete y recorro el galpón para acomodar los comederos. Demoro lo que la pava en estar a punto para el mate”, cuenta Agustín. El almuerzo es a las 12 y la siesta “sagrada”. Cae el sol; mientras María prepara la cena Agustín destapa un porrón y pela un salamín. Miran un rato la flamante televisión satelital, cenan y a la cama. El día rindió y el sueño se apodera de la chacra.
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