Camino del Inca
Cientos de personas comienzan a recorrer esta ciudad mística (abandonada por los quechuas alrededor del año 1500 por miedo a la llegada de los españoles, y descubierta de casualidad recién en 1911 por un investigador norteamericano) con todos sus detalles: los templos, las casas con sus diferentes habitaciones y baños, una especie de calendario solar, altares de sacrificios, etc.
 
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Objetivo: llegar a la cima
Una experiencia inolvidable 
Llegué a Cuzco sola, sin saber muy bien con qué iba a encontrarme, y sin haber contratado un tour previamente (que es lo que la mayoría de los turistas hacen). Así y todo, esperé un par de días, mientras recorría esa ciudad mágica, antes de emprender de lleno mi aventura.
Contraté un tour en un “sucucho” que funcionaba a manera de empresa de turismo. Está lleno de ellas, y no varían demasiado las ofertas. Dentro de los paquetes que ofrecían, había algunas variantes. El que más me tentó, fue el llamado “Inca Jungle”, un camino que combina selva y ruinas, cuyo recorrido dura 4 días, 1 en bici, dos caminando y escalando en medio de la selva, y el último subiendo la montaña de Machu Picchu.

Comienzo de la odisea
Pasaron a buscarme en una combi a las 7 de la mañana. Yo me quejaba por tener que madrugar, sin saber lo que me esperaba de ahí en más. En todo mi grupo (éramos 13) no había una sola persona que hablara español! Había franceses, alemanes, ingleses, sudafricanos, suizos, irlandeses y daneses. Las edades iban entre 22 y 30 años. El guía estaba lejos de lo que yo hubiese imaginado. Era un cusqueño descendiente de quechuas, de no más de 24 años, que hablaba español, quechua e inglés.
Tuvimos un viajecito de 2 horas hasta la parte más alta de una montaña en una localidad llamada San Luis (el punto más alto del recorrido, a 4200 mts sobre el nivel del mar). Ahí nos esperaban las bicis (especiales para montaña, con cambios), cascos y muñequeras, con las cuales bajamos 3000 metros. Cada uno llevaba consigo su mochila con ropa, repelente y objetos personales.
El primer día fue para disfrutar más en solitario. Íbamos en fila india, con el guía en último lugar, pero de a poco nos fuimos separando, ya que cada uno llevaba su ritmo, paraba a sacar fotos o descansar, admiraba el paisaje a su manera…El trayecto no era difícil, ya que la mayor parte del tiempo era en bajada, pero sí cansador. Anduvimos varias horas por una carretera, y luego en un caminito de piedras. Este cambio fue bastante brusco para mí, ya que en el momento en que terminó el asfalto, mi bici se trabó en una piedra, y toda mi humanidad voló 1 metro más hacia adelante. Rompí el pantalón alquilado, el mío y mi rodilla, además de hacerme algunos raspones en los codos y la nariz. Así que luego de descansar unos minutos, y comprobar que tenía cada hueso en su lugar, tuve que seguir pedaleando (no había opción).
El día siguiente fue a pie, en medio de la selva/montaña, subiendo y bajando. El calor era insoportable, había bichos -que en mi vida había visto- y las energías parecían no alcanzar. Por día, andábamos entre 7 y 10 horas, sin saber nunca con qué nos íbamos a encontrar. Uno de los momentos en que realmente me aterré, fue al caminar unos varios metros al borde de un precipicio. Sólo cabía una persona por vez, y –gracias al alemán que venía atrás mío- estoy contando esto desde la comodidad de mi casa, ya que iba agarrándome de las piedras que tenía al costado derecho (a la izquierda había un graaaaaaaan vacío) y me quedé con una de ellas en la mano, tambaleándome por unos –eternos- segundos.
Arrancábamos siempre muy temprano, nos levantábamos como a las 5 y media, desayunábamos y empezábamos a caminar al amanecer. Hacíamos algunas paradas durante el día, en lugares muy rústicos, preparados para eso, donde los lugareños vendían agua, Gatorade, chocolates (muy importantes por la energía que dan), barras de cereal y demás cosas. Nos acostábamos bastante temprano, porque el cansancio se hacía evidente en cada músculo del cuerpo.
El tercer día tuvimos un trayecto de selva, otra parte un poco más desértica, hasta que el camino se unificó (ahí desembocan todos los “caminos del Inca”) y comenzamos a cruzarnos con integrantes de otros grupos. Esa parte era más fácil de andar, ya que era totalmente horizontal, siguiendo las vías del tren. El tercer día culminó con la llegada (más temprano que de costumbre, alrededor de las 5 de la tarde) a la localidad de Aguas Calientes, que es la ciudad que está en la base de la montaña donde está Machu Picchu.
El 4to y último día nos levantamos más temprano que de costumbre (4 am), ya que a las 5 (todavía de noche y con linternas) había que arrancar. Caminamos algunos metros hasta el pie de la montaña, y comenzamos a subir por unos pequeños escalones (de la época Incaica). Se tarda aproximadamente dos horas (es como estar en un escalador de esos que hay en los gimnasios, pero con todo el cansancio a cuestas, la falta de aire, los dolores y la oscuridad) y mágicamente uno llega en el momento mismo en que amanece.
Apenas llegué a la parte más alta, las nubes se abrieron. Ese es el punto más emotivo del trayecto, se abre frente a tus ojos la postal vista tantas veces antes: MACHU PICCHU en todo su esplendor. Es increíble ver las construcciones PERFECTAS en piedra (más aún teniendo en cuenta que los quechuas medían alrededor de 1,50) y toda la evidencia de lo avanzada que era su cultura.

Se llega …
Fue arduo para mí, que no tenía ningún tipo de entrenamiento previo ni preparación. La mayoría de ellos (europeos casi todos) llevaban tiempo planeando el viaje, y tenían mejores condiciones físicas, habiendo realizado antes travesías similares (aunque menores).Tuve mis momentos de crisis, me faltaba el aire, estaba agotada y sabía que todavía faltaba mucho para llegar. El apoyo de mis compañeros fue fundamental, y además había otra realidad: no hay más opción que seguir. Me pregunté muchas veces qué pasaría en caso de una caída grave, de la descompostura de alguno, incluso pienso que uno se puede morir en plena travesía. No sé cómo se manejan esos casos, y la verdad es que la seguridad no es el punto fuerte del viaje; pero SE LLEGA… Con más espíritu que fuerzas, con más orgullo que lógica, puras ganas, puro corazón, SE LLEGA. Y eso hace que el paisaje de Machu Picchu, que la energía que se siente (es el lugar energético más grande del mundo), que el aire de montaña y toda la mística que lo rodea, sea aún más mágico. Porque viene de la mano de la satisfacción personal de haber logrado un objetivo.

La autora se llama Gabriela Cóceres, tiene 24 años y es de acá, de Santa Fe pero estudia Teatro en Buenos Aires, vive allá desde el 2004. Siempre tuvo como meta viajar a Perú, y conocer esa cultura, por eso siempre ahorró para llegar a concretarlo.
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