Los tambores de Mateo
Mateo Malato tiene 25 años es lutier de instrumentos de percusión y vive en Santa Fe. Hacia su casa-taller fuimos para saber más sobre el oficio de lutier.
 
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Antes de la música, los lutieres
Es uno de los primeros días de mucho frío en este invierno 2010, y a pocos minutos de las 10 el taxi me deja en la puerta de la dirección que tengo agendada. Hay una puerta alta, de madera, y más alta la hace el escalón que está entre la vereda y el ingreso. Toco timbre y al rato aparece su figura joven detrás. Y saluda.

Ingreso a una casa que desde el primer momento ya parece de otro espacio, de otro tiempo, de otro lugar, uno de esos lugares que no pertenecen a la ubicación urbana en la que se emplazan.

Mateo me invita a pasar y hasta llegar a la cocina, donde nos espera un mate ya empezado, atravesamos un living cubierto de libros, tranquilamente reposando, acomodados en diversas estanterías. A mi salida me confesará que son herencia de su abuela.

Mateo Malato me invita a sentarme y ceba el primer mate. Alrededor, por todos lados hay madera, pedazos de instrumentos, un metegol casero, “ese no lo vendo, es que tengo un pibe de cuatro años”, dice.

El primer mate rompe el hielo que traigo desde afuera. Mateo es tranquilo, y mira con serenidad mi despliegue de grabador, cámara, anotador improvisado, cartera y cuántas cosas más trasladamos las mujeres en invierno.

Mateo tiene 25 años. Y tiene algo en sus manos y en su corazón, que lo llevaron a convertirse hoy en uno de los lutieres de percusión reconocidos del ambiente en Santa Fe. “Empecé de chico, con mi primo, Facundo Bordas, que ahora está en Córdoba. Teníamos una banda y nos empezamos a meter en esto de querer saber de los instrumentos”, cuenta.

“Primero ahuecamos un tronco, conseguimos unas herramientas y, renegando, renegando, después vimos de qué se trataba darle forma. Empezamos a investigar e hicimos nuestro primer Djembé” (NdeR: instrumento que toma su nombre del francés, también conocido como tam tam. El yembe es un instrumento de percusión perteneciente a la familia de instrumentos membranófonos. Se originó en el antiguo Imperio Mandinga, -Malí y Guinea-, desde aquí migró posteriormente a Senegal, Costa de Marfil y Burkina Faso, formando parte integral de la música y las tradiciones de la zona).

“Años después él se fue a estudiar a El Bolsón a una escuela de lutieres muy buena, y fabrica instrumentos medievales”, cuenta en una primera aproximación a lo que sería el comienzo de una charla magistral de música africana, rituales e instrumentos.

“Después comencé a interiorizarme y ahí fue donde lo conocí al Gringo, un hacedor de instrumentos que vive en Alto Verde y que es muy bueno en esto. Con él aprendí muchísimo y me enseñó parte de lo que se hoy”. En sus comienzos, Mateo se dedicó a esto casi por convicción. “Me daba placer hacerlo, quería aprender y hacerlos tal como me los enseñaban y fui aprendiendo. Desde mis primeros instrumentos hasta ahora, sé que he mejorado mucho, me he perfeccionado, he ido creciendo en la técnica, en las formas”.

Técnicamente hablando

Un djembé está hecho con un tronco, se trata de una sola pieza. “Lo que hago es ir ahuecando el tronco, le voy dando la forma por adentro, luego le hago el cuello, lo trabajo por afuera y después se le pone el parche de cuero crudo, no tiene ningún tratamiento. Para conseguirlos me meto en el campo y busco el material”, dice Mateo, mostrando parte de un instrumento acabado que se encuentra en el living. Se para, lo muestra parte por parte, y explica.

Luego cuenta que no es fácil conseguir los elementos que componen el instrumentos “los troncos son lo más sencillo, porque los consigo de cuando se poda, o busco los troncos enteros, el cuero no se consigue, es muy difícil, porque el que se puede llegar a obtener tiene un tratamiento que para parches no sirve, entonces tengo que acercarme a la gente que cría los animales, o los puesteros y decirles que cuando matan un animal me lo guarden”.

Minutos después caminaremos rumbo a su taller, que está en el patio de su casa, donde, entre otras cosas, un cuero estaqueado se seca al sol de invierno con marcas pintadas por dónde será recortado para ser parte de una pieza. “Ellos me enseñaron, fui aprendiendo con la gente del campo cómo tratar el cuero para luego utilizarlo. Cuando compro el cuero siempre me llevo algún consejo, o alguna idea nueva, porque es gente que hace monturas o lazos. Me mostraron cómo sacar el pelo de los cueros con ceniza, vas probando, y esas cosas las aprendés ahí”.

Hay partes de la pieza, como las sogas que lleva, que hoy son sintéticas, pero que Mateo comenta que originalmente se realizaban en cuero o que en África actualmente la siguen haciendo con tiaras un poco más duras o yute.

Incursionando por aquí, por allá

Colgado, debajo del djembé que me muestra, hay un charango a medio terminar, que está comenzando a ver su forma. Le pregunto si es obra suya y orgulloso comenta que está comenzando a hacer los primeros. “Esto es quebracho blanco”, dice y señala el instrumento.

También hace tambor de candombe o tumbadoras. Se trata de un tambor que se trabaja pieza por pieza. Se corta una por una, se hierve para poder doblarla, y la madera hervida permite la flexibilidad para ser moldeada. Todas las piezas deben encajar perfectamente para que el instrumento suene acorde. Cada pieza tiene una ubicación específica, con una curvatura para que después, cuando seca y se doble, quede lo más ensamblado posible.

Manos a la obra

Al fondo está el taller. Allí las piezas aguardan que la mano maestra de Mateo les de forma. Le pregunto si se puede vivir de esto. “No, no. Lamentablemente hoy no puedo, es muy difcíl, sobre todo porque en Santa Fe no hay mercado para los instrumentos y, por otro lado, porque los precios son importantes. A mí mucha gente me dice que cobro barato, pero es muy difícil ponerle el verdadero precio a la obra, la gente no está dispuesta a pagar mucho. Es difícil hacer un instrumento y trabajar detalles y después cobrarlo. Por lo que cobro el instrumento, si tengo que cobrar el tiempo que me llevan los terminados, los detalles, no me lo paga nadie; entonces generalmente los djembé los hago derecho”.

Para hacer un instrumento Mateo no tiene tiempo fijo. “Depende mucho del tiempo que le dedique a cada pieza por día. Es difícil calcularlo, pero trabajando mucho sobre un instrumento, dedicándole varias horas, puede demorar dos semanas o más. De todas maneras hay plazos que son propios del material, del secado, de la madera, y no puedo acelerarlos. Cuando la madera se está secando tengo que esperar como mínimo una semana, porque si la saco antes, se “vuelve” porque no está en su punto de secado listo para ensamblar. Después viene el proceso del cuero, que hasta que se asienta se mueve mucho, hay que estirarlo todos los días”.

Para paliar sus ansias de enseñar y volcar lo que sabe, Mateo se relaciona con chicos que tienen ganas de aprender a través de algunos talleres en barrios y en la cárcel de Las Flores. “Estoy laburando con la Muni(cipalidad) de Santa Fe y enseño. Allí vuelco mucho de lo que aprendí y los pibes se entusiasman. La verdad que fue un proceso largo, pero empecé como un gusto muy personal y me di cuenta de que era una herramienta social muy importante, y eso es un poco lo que me mueve de todo esto, es poder devolver un poco en los barrios donde hay tanta pobreza. Trato de sumar y que los pibes vean que con una herramienta, con un pedazo de metal y un tronco se puede hacer un instrumento, y que con ese instrumento se puede decir algo, transmitir algo.

Lo que se siente

Cuando la cámara y el grabador se apagan me animo a preguntarle a Mateo cómo es la relación con sus piezas terminadas, qué pasa por él cuando ve que un tronco se convierte en algo posible de brindar sonidos, de convertir golpes en música. “Es raro… -piensa y ceba otro mate-, tambor por tambor tratás de mejorar, entonces, cuando termino de hacer uno, ya estoy pensando en lo que tengo que mejorar para el próximo”. Y se sonríe. “Tiene carga y aprendizaje, -dice y agrega que es muy crítico de sus trabajo, constructivo, pero crítico- “porque entiendo que la gente que toca un instrumento es altamente profesional, entonces yo debo ser lo más profesional y hacer un instrumento que resista, que perdure. Un instrumento bien hecho puede durar 20 años o más, entonces debe sonar bien, ser bueno”.

Cada golpe con una herramienta, cada proceso de ahuecado, cada nueva vuelta sobre el bloque de madera que va tomando forma es para Mateo una parte donde vuelca su ser, sus ganas, sus broncas, su día, su conocimiento, su energía. Hay en cada pieza algo de él, de su música que escucha, de sus sonidos. Cada instrumento tiene un sello que lo hace único aunque no cotice de esa manera en el mercado.

Es el arte en sus manos que convierte un tronco muerto en un sonido vivo que se recrea una y otra vez y hace vibrar el aire, se propaga y queda grabado para siempre.




Tambores del Monte: su blog y su arte.
Tambores del monte es un proyecto que nace a fuerza de reflotar una parte de la tradición ya casi olvidada…La construcción de tambores es tan importante como la misma música que se hace con ellos. En éste proyecto el objetivo principal es el armar instrumentos de percusión con la misma forma y técnica que nuestras tribus originarias. Todo esto con las ventajas que incluye los tambores en una sola pieza.
_el sonido firme y potente
_la dureza de la caja
_la belleza y la exclusividad de los decorados tallados a mano
Y en segundo lugar el tratado de los cueros en forma y con productos naturales.
Esta sumatoria completa el sonido y la apariencia de estos tambores de carácter profesional y muy buena calidad.


Mateo Malato
lutieres
25 años
mateomalato@hotmail.com
tamboresdelmonte.blogspot.com

+ sobre el DJembe: http://es.wikipedia.org/wiki/Yembe





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