Pateando piedritas por los caminos
“Yo quería ser mochilera. Viajar. Ver la ruta desde la cabina de un camión. Llenarme de polvo en las banquinas. Tomar unos mates alrededor de un fueguito. Alegrarme al escuchar los primeros acordes de la guitarra. Andar mucho, aprendiendo historias, viviendo aventuras, descubriendo lugares. Llegar adonde jamás hubiera creído poder hacerlo”. El relato pertenece a Virginia Bertetti, de 29 años, que hace una década un día dejó la comodidad del colectivo para ser mochilera.
 
Notas relacionadas:
¡Y a andar!
Autooo... ¡stop!
Mochilera se nace
¡Preparando la mochila!
Con el pulgar en alto
De eso se trata esta entrega de O Sea. De salir a una ruta, levantar el pulgar sin rumbo cierto, y encontrarse con gente, paisajes, lugares tan recónditos como inimaginados.

“Un día me animé. Salí caminando hacia la ruta. Eran sólo 11 kilómetros de distancia a recorrer, pero decidí no subirme a ese micro. Esta vez no. Me paré en la banquina, levanté mi brazo y encendí la mecha”, revive, con detalles literarios Virginia, que se define como “periodista trotamundos, pateando piedritas por los caminos”, frase que tomamos para el título de esta entrega.

En una especie de autoconfesión titulada “Yo, mochilera” recuerda haber escuchado a los 15 años “en una de esas fondas en las cuales una señorita no debería estar”, a un pibe con “pinta de croto” que contaba la historia de su viaje de mochilero al sur. En ese momento se impresionó, pero entendió que esa era la forma de viajar que ella quería. Por entonces era una niña, pero la ansiedad por salir a la ruta se fue acrecentando hasta que a los 19 años se decidió y arrancó con sus peripecias a dedo.

¿A qué comodidades hay que renunciar para irse de mochilero?

Se renuncia a la comodidad, a la "seguridad" de la rutina cotidiana. En viaje cada día es algo nuevo, tenés que decidir desde qué comer, qué hacer, hasta dónde dormir. No son viajes de descanso, sino de búsquedas y hallazgos que no suceden en la vida "real". Se gana mucha libertad y se aprende muchas cosas que no sólo sirven en los viajes, sino que sirven para ser una mejor persona.

Autooo, ¡stop!

Adrián Varela recorre la Argentina. Lo hace desde hace muchos años, pero desde 2005 está unido a Austostop Argentina, una institución que nuclea a viajeros, mochileros, aventureros, amigos de rutas y amantes de la vida al aire libre fuera de los esquemas. “Ahora estoy en la Comisión Directiva”, cuenta este santafesino que se unió al grupo para sumar experiencias, explorar otras y actualmente es uno de los motores.

“Somos un grupo humano que nos dedicamos a acompañar y guiar a viajeros independientes que tengan el gusto de viajar sin depender de una empresa o guía. Estamos de alguna manera al servicio de personas que quieren conocer más allá de los aspectos turísticos, interactuar con las poblaciones del lugar, más allá de tomar una foto, una postal”, cuenta Adrián.

“Antes de pasear como un extraño, nos interesa ver qué hace la gente del lugar, cómo se vive, saber la realidad y luego volver para contarlas en el equipo. Esa es la idea central de Autostop: compartir las experiencias, las vivencias, contarnos entre todos lo que vivimos, ayudarnos a conocer nuevos lugares, a llegar a tierras únicas”, relata Adrián.

Desatados de toda convención

Gonzalo Sapei, de 26 años, es otro de los chicos que participa de Autostop. Para él una de las experiencias inolvidables que le regaló el salir a la ruta y levantar el pulgar fue su viaje “iniciatico” a Cuesta Blanca, en Córdoba.

“Fuimos a un lugar llamado la “Playa de los Hippies”. Si bien no fui haciendo autostop por miedo y por falta de tiempo, el viaje hasta allá en colectivo y la odisea de llegar hasta ese paraje perdido entre las sierras, de noche y subiendo y bajando con una linterna y un bolso de viaje colgado en la espalda fue una experiencia increíble”, relata Gonzalo.

“A todo esto se le sumaba el miedo de que no conocía a nadie todavía y no sabía con quién me iba a encontrar. Pero al acercarme al fogón que se veía desde lo alto de la sierra me encontré con gente maravillosa, muy cordial y con buena onda. Enseguida me unieron al grupo y me ofrecieron un lugarcito en una carpa para dormir”, continúa.

¿Tenés pensado algún otro viaje a dedo?

Sí, más vale. Viajar de esta forma no es meramente por cuestiones económicas. Si bien lo ideal es no gastar mucho, yo creo que lo hacemos más por gusto, por ir conociendo gente, compartiendo un mate. Lo que más rescato es la libertad que te da, no tener un horario, poder disfrutar el viaje en sí y no sólo del destino. El valerse de uno mismo en todo momento te hace madurar bastante. Caminar en la banquina con la mochila a cuestas te hace sentir re libre.

Alma de Tarzán

Para Flavia Nieto, otra santafesina de 20 años, “hay un antes y un después de cada viaje”. Pese a que era menor de edad, empezó a hacer dedo a los 17, tras haber leído un artículo publicado por El Litoral, en el que se hablaba de la organización Autostop. “En ese momento estaba trabajando y apenas llegué a mi casa, entré a Internet dejé un comentario al grupo sobre que era menor de edad pero que quería empezar a viajar y la mayoría me respondió que esperara hasta los 21 años, pero, por supuesto, era tanta la ansiedad que sentía que le di para adelante”, cuenta.

“Siempre amé estar en contacto con la naturaleza, estar al aire libre. Nunca lo había podido expresar, hasta que empecé a ser mochilera. Tengo alma de Tarzán. Hay que estar dispuesta a mojarse, embarrarse. Me hace bien, es algo que elegí para mi vida. Quiero seguir, conocer Perú, México, todo Latinoamérica. Y, si puedo, el resto del mundo”, dice Flavia, que ya recorrió Bolivia, además de algunos puntos de nuestro país.

Las rutas del amor

“Conocí a mi novio siendo mochilera. Yo quería ir a conocer el Potrero de los Funes en San Luis y unos de los chicos de Autostop me comunicó con él para que me cuente sobre el estado de las rutas. Mi novio es de Villa La Angostura pero en ese momento estaba viviendo en San Luis”, rememora Flavia, y agrega:. “En un encuentro del grupo (Autostop) en Entre Ríos, pudimos conocernos y nació el amor. Hace un año y tres semanas. A partir de ahí hicimos todos lo viajes juntos”.

¿Por qué viajamos así?

La síntesis del espíritu mochilero puede encontrarse, quizá, en las palabras de Virginia Bertetti cuando dice: “La ruta nos da amigos, amores, historias, palabras. Momentos que no sé si viviría sentada cómodamente en un colectivo de larga distancia, pegada la ñata contra el vidrio, queriendo bajar a cada rato a recorrer esos pueblitos perdidos en lo que aparenta no haber nada. Justo ahí, es donde hay mucho... ¿Ahora se entiende?”.

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