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| Estudiar en el extranjero: el mejor postgrado en Argentinidad |
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Pablo Beldoménico
osea@ellitoral.com
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| En el 2001 me subí a un avión por primera vez. Tenía ya 27 años, el último par de novel veterinario con intereses peculiares. En mis años de estudiante había descubierto mi pasión por la fauna, y decidí que quería convertirme en un ‘epidemiólogo de especies silvestres’. El problema era entonces que, al tratarse de una disciplina incipiente, no había en el país referente alguno, y debía buscar capacitación en el extranjero. |
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Así fue que arribé a Estados Unidos el año del atentado a las torres, con tanta ingenuidad como admiración por esa gran nación. Recuerdo cómo se reía Kirsten, mi ‘housemate’, cuando le comentara que el presidente Bush parecía no envejecer. Ignoraba por completo que se trataba del hijo de George H.
De a poco me fui espabilando, y a medida que mi ingenuidad se reducía, mi desencanto por lo estadounidense comenzaba a expandirse. Todo me parecía tan artificial, hasta el saludo de los vecinos: ‘It’s so wonderful to see you!’. Siempre me quedaba con las ganas de replicar algo como ‘¿Porqué es tan maravilloso verme? y ¿Porqué se lo decís a todo el mundo con la misma sonrisa rígida?’, o ‘¿Porqué me decís que fue grandioso haber hablado conmigo si sólo comentamos el clima? Si te agradara tanto entablar relaciones con tu prójimo vendrías a nuestras reuniones, en lugar de llamar a la policía por ruidos molestos’. Algo que sí dije fue: ‘Disculpá lo de anoche. La próxima vez, es suficiente con que me avises que baje el volumen por teléfono’. Parece que a mí todavía me faltaba mejorar bastante el inglés, porque volvió a llamar a la policía cada vez que me juntaba con amigos (se ve que los argentinos nos reímos fuerte).
La lista de descontentos crecía: ostentación, consumismo, individualismo... Empecé a percibir que nada se hacía por un fin genuino, todo estaba regido por premios o castigos. El premio era siempre dinero y el castigo era pérdida del tan preciado premio, en forma de una multa, un embargo, una fianza. El dinero era un dios que los yanquis veneraban con una religiosidad digna de un monje. Para decirle a una mujer que está hermosa hay que torcer la boquita y proferir ‘you look like a million dollars’ y para insultar a alguien no hay mejor manera que recordarle lo poco que gana su padre. En fin, el sueño americano parecía tener como precio la prostitución de la voluntad.
Pero no la pasé tan mal. Más allá de desavenencias económicas cuando en Argentina estalló la crisis y había que procurar la moneda in situ (¿se acuerdan del corralito?), conocí a gente de todos los continentes, quienes me mostraron sus culturas y formas de vivir, tan distintas. Qué maravillosa manera de abrir la mente. No hay mejor forma de desarrollar la argentinidad que mirarla desde afuera. A 10 mil kilómetros me enteré de lo que era ser argentino. Por suerte me gustó.
¡Qué felicidad tenía de volver a la patria! En el 2002 estábamos en llamas, pero volver a mi cultura después de tanta carencia me hizo sentir en el paraíso. La calidez y lo genuino de nuestra gente hicieron tolerable tanta miseria. Lamentablemente con una maestría no me alcanzaba para trabajar en mi tema específico (hay que doctorarse para aspirar a una carrera en investigación), así que me llené la panza de asado y dulce de leche y arranqué para Inglaterra, silbando por lo bajo “Tras un manto de neblinas...”. A la experiencia anterior en el mundo desarrollado, se sumaban todos los prejuicios que los argentinos tenemos sobre los ingleses. Así que la idea de vivir al menos 3 años fuera del paraíso y rodeado de piratas pecho frío no sonaba para nada alentador.
Esta vez tardé menos en cambiar la opinión. La caballerosidad por la que son famosos los ingleses nunca me resultó falsa, y muy rápido logró abatir mi mala predisposición. El respeto por el prójimo y el sentido de ciudadanía de bien me dieron una sana envidia muy grande, e hirieron de muerte mi chovinismo ‘made in USA’. Igual no veo la hora de volver al pago. Aunque ya no crea que es el paraíso, no pertenezco a otro lado. Tenemos mucho por hacer para construir la patria que soñaron Moreno y Belgrano, y no quiero dejar de hacer mi parte. |
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