Con la música en casa
Ignacio Andrés Amarillo iamarillo@ellitoral.com
Es parte de la experiencia de muchos músicos (y artistas de toda clase) el hecho de haber tenido que lidiar con un contexto familiar resistente, esperando que el nene siente cabeza y “se deje de joder con la guitarrita”; una situación que Los Auténticos Decadentes parodiaron justamente en “La guitarra”. Pero ¿qué pasa cuando en el seno de la familia hay músicos, especialmente si han obtenido algún reconocimiento?
 
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El guitarrista Cristian “Matt Hungo” Deicas es una de las figuras destacadas del rock santafesino, a partir de su trabajo con bandas como La Moto o actualmente con Astro Bonzo. Pero no es el primer Deicas en trajinar los escenarios de Santa Fe y la región. Su padre es Rubén, conocido como “Cacho”, o como “el Frank Sinatra de la cumbia”, según el ingenio de DadyBrieva, al destacar la particular voz con la que engalana todo el repertorio de Los Palmeras.

“La música siempre estuvo en mi casa desde chico, ya sea por lo que él escuchaba por sus gustos o si no por su laburo. En mi familia nos sabíamos los discos de Los Palmeras un mes antes de que salgan. Cuando era chico me llamó la atención el acordeón, por una cuestión de proximidad. La dificultad era que era muy, flaquito, chiquito (tenía 11, 12 años) y soy zurdo: lo único que aprendí a tocar con la derecha es la guitarra”, cuenta Matt Hungo.

—¿Por qué aprendiste así?

—Me gustaban las Les Paul, como la que tengo ahora (al fin después de tantos años la pude comprar): tienen el cuernito para abajo, si lo ponés para arriba queda muy fuleras...

—Hay Les Paul para zurdos...

—Sí, McCartney tiene unas cuantas... Al acordeón no la pude doblegar, me caí para adelante y me la sacaron. En la televisión había un dibujo animado de Los Beatles, de la época de la beatlemanía. Ahí se separaron los caminos (risas): empecé a interesarme más por ese tipo de música que me pegaba más.

Ahí empecé con las guitarras. En realidad la agarré a los 15 o 16: antes con los chicos de mi barrio fabricábamos guitarras con témpera y madera, copiando las de Los Beatles: en una época íbamos al aserradero a que nos las corten, se la dibujábamos. Las anteriores tenían botones con blisters de Aspirinetas, estaba la idea: ya estaba perdido.

—¿Qué te dijo tu viejo?

—Cuando vio que yo estaba interesado con Los Beatles apareció de un viaje con un cassette de los “20 éxitos de oro”, el que tenía las cuatro caras alrededor del disco de oro. Tenía los mejores.

—Es histórico ese...

—Sí, tremendo. Ahí empecé a comprar revistas, conocer la leyenda de Los Beatles y manguear cassettes, hasta que tuve la colección: ya estaba frito. Cuando agarré una viola eléctrica ya había escuchado Led Zeppelin y ahí estaba más lejos, me perdió de vista (risas). Mi viejo por el lado de Led Zeppelin, Black Sabath y Deep Purple no (risas); Los Beatles me lo bancaba. Y el apoyo de él: “Bueno, ¿querés hacer música”, me compró una criolla, que me duró muy poco, porque enseguida quise una eléctrica. Como él conocía gente de las casas de música vimos algunas guitarras económicas y ahí empezamos a tocar.

En realidad empezamos a estudiar juntos, el también quería aprender; pero en realidad duró una clase nomás: aprendió el do mayor y dejó (risas): no era lo de él. Hice dos o tres clases con un tipo legendario, que le había enseñado a tocar el acordeón a (Marcos) Camino, con eso te digo todo.

—¿Quién era?

—No sé, Zeus (risas). Tenía el suero de la vida… Era el Petiso Fernández, un tipo que aparecía con los broches de la ropa en la botamanga para que no se la agarre la bici, peinado para atrás. La “Costerita”, nada que ver, me enseñaba, no me duró nada. Agarré un libro de “Aprenda canciones con Los Beatles” en la Terminal y ahí empecé a sacar yo, autodidacta.

Sabía que mi viejo había aprendido con un profe la técnica de cantar haciendo fuerza con el diafragma: eso es lo que lo hace tener tanto aguante en las salidas que tienen, que son de cuatro, cinco o seis shows por fin de semana. No se queda afónico porque no saca la fuerza con la garganta sino con el diafragma. Ese es uno de sus secretos (risas), el sí está formado. Yo escuchando y sacando discos.

Y con la mentira de los amigos que te dicen “tocás bien, vas bien” (risas).

La cosa se pone seria

—Y cuando la cosa fue siguiendo y tomó forma, ¿qué te iba diciendo?


—La mano del rock no la manejaba. Lo que siempre me dijo es que la música es una sola, y el esquema del negocio es uno solo.

—O debería serlo...

—Sí, ya sea folklore, rock, jazz, tango, clásico. El me tiraba siempre un guiño de “¿por qué no te animás con unas cumbias?”. Pero era demasiado tarde: nunca pude: una vez intenté hacer una coautoría y no llegué, no la terminé.

—Pero grabaste alguna viola como invitado, en el último de Los Palmeras...

—Fue una mentira eso... vos ponele que sí (risas).

Ahora en la última etapa, que estamos más grandes, que ya se me ha pasado la rebeldía contra el padre, nos ha apoyado: más con este grupo, Astro Bonzo.

—La Moto no le gustaba...

—No lo entendía: nadie lo entendía; él como tantos otros no entendía el mensaje de La Moto (risas).

—Astro Bonzo es la versión pop de La Moto.

—Claro, el pasado en limpio: antes había mucho delirio... De lo que él escuchaba y tocó siempre (más allá de haberme ayudado a mí) sí me quedó la cuestión rítmica: la cumbia tiene muy marcado los ritmos, las cuestiones de tempo. No es que para, arranca, va despacio, ni tiene variaciones de tempo: no meten cortes sinfónicos (risas). Como es una música que está hecha para bailar, arrancan y le dan.

Eso me sirvió mucho para tener acostumbrado el oído y no perderte, poder ubicarte en la canción y pegarte con un ritmo. Y a nivel melódico también, la construcción de melodías. Mi viejo es un cantante melódico, y los que escuchaba él también. Coincidimos en Los Iracundos, de Uruguay, que tenían su costado meloso y su costado rockero: hay un disco que se llama “El sonido de Los Iracundos” que parece The Ventures, la banda de sonido de Pulp Fiction, Dick Dale & The Del Tones: es tremendo. Y sí, obviamente, ese cassette lo tenía y los gasté, era de él. Después si le hacés la inversa no creo que haya recibido ninguna influencia de lo que yo hice.

Consejos de padre

—Bueno, él es más grande, ya estaba hecho... a nivel de consejos, ¿algo sobre cómo manejarse en el negocio de la música?

— “Aprendé a tocar bien”: eso me dijo siempre. Teníamos un cantante, que le preguntaba: “¿A vos te gusta cantar?”. “Sí”. “¿Entonces por qué no aprendés?” (risas). Formate bien, autodidacta o con un profesor, o con una academia. Primero dominala, y después tocá para la gente, es lo que siempre me dijo: no tanto para vos. Yo tuve mis búsquedas artísticas “de vanguardia”, en una época; pero ahora puedo laburar las dos cosas en esta banda, con los músicos que estamos se puede hacer alguna pequeña búsqueda y alguna cosa rockera más directa.

—Han gustado cosas no tan directas, como pasó “Urano”, que ni ustedes saben por qué funcionan...

—Hay algunos que funcionan directamente: ese que hicimos hace poco “Luz amarilla”, uno de los acústicos, es bien melódico, bien beatle. Hay que volver a la fuente...

—Siempre se vuelve a la fuente, y a la canción...

—En este disco que estamos grabando también se nota.

—Eso que le dijo tu viejo al cantante es casi budista.

—Fue una curtida, pero quedó budista.

—Casi como de Pappo.

—Lo que se aprende es eso: hacer canciones más concretas y con más vuelo. El ejercicio de componer está siempre activo: con el Ruso (Rusillo), con quien laburamos las canciones.

—Él también tiene familia musical.

—Pero el Ruso es más de la vanguardia, de las sombras, hay que traerlo a la luz. Por ahí viene y sabe hacer cosas: tiene cancha. El sí fue a estudiar, se recibió en el Instituto de Música... de algo (risas).

Su padre tocaba en Them, una de las primeras bandas de rock de acá, y el tío cantaba en Virgem: ahí es más directa la herencia.

—Lo que tenés al venir de una familia de músicos es que no se te ríen cuando les decís “quiero ser músico”.

—Te dan un apoyo, pero si sos un horrible o no le das bola te lo sacan automáticamente (risas). Yo les gané por cansancio, porque todas las embestidas que me han dado para que largue no han llegado a buen puerto. Acá el huevón todavía sigue con la guitarrita.
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