| Siempre "Play", nunca "stop" |
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Gustavo Ríos
riosgus73@hotmail.com
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| Que la pulga Messi dibuje gambetas en el raído césped del “15 de abril” o el inoxidable Esteban Fuertes perfore las redes del Santiago Bernabeu son, sin dudas, “milagros virtuales” que sólo pueden transformarse en realidad en el mágico y adictivo mundo de la play Station 2. |
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Juro no exagerar si afirmo que al comprarme una Play cumplí en parte el sueño del pibe modelo 2000 y realicé una de las mejores inversiones desde que tengo uso de razón: en cuotas, a un precio razonable y a un compañero de trabajo acorralado por la edad y la paternidad.
Es difícil de entender cómo este aparato puede generar la fascinación tanto de criaturas de seis años como de adultos que bordean los sesenta. En mi caso, con mis compañeros de la época de la secundaria, solemos armar campeonatos interminables que pueden durar hasta ocho horas, siempre que algunas de sus esposas no se altere por algún grito de gol desaforado a eso de las cuatro de la mañana.
Sin dudas, con el paso del tiempo, este fanatismo empeora a pasos agigantados porque si bien el juego de fútbol es el mismo los amigos de lo trucho se las ingenian para fabricar “parches” con los datos de los equipos del fútbol argentino, tanto de Primera División como de la Primera B Nacional.
De esta manera, más o menos cada seis meses me veo “obligado” a actualizar mi arsenal de juegos del deporte más hermoso del mundo.
Es así que jamás voy a olvidar mi emoción cuando una de esas tantas veces que busqué “petróleo entres las piedras” encontré el escudo del viejo y querido Unión con sus actuales jugadores. Es increíble, pero el juego resulto tan real que es casi imposible hacerlos jugar bien.
Casi todas las tardes de viernes de estos últimos años las dedico a perfeccionar las caras, los peinados, los pesos y cualquier otro mínimo detalle de los jugadores del fútbol mundial (no sólo de los argentinos) para hacerlos lo más parecido posible a los de carne y hueso. Lo que se dice un loco importante.
Para cerrar esta confesión pública y descarnada acerca de mi adicción a la Play Station, quisiera aclarar que soy perfectamente consciente de la situación pero, sin embargo, disfruto esta “dulce condena” (como diría el incomprendido de Calamaro).
Porque jugar a la Play aun pasando holgadamente los 30 años es un sentimiento indescriptible y, como todo el mundo sabe, el corazón sabe de razones que la propia razón no logra concebir: porque la Play no se entiende. Sólo se siente.
Gustavo Ríos 31 años riosgus73@hotmail.com Comunicador Social
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