Y esto es reggae, siento el reggae
Mailen Luz Ranzuglia mailenss@hotmail.com
Mailen nos cuenta en esta crónica urbana cómo se vive el ritual de la Santa Reggae Fest en nuestra ciudad, con su gente, sus costumbres y los hábitos de quienes a ella asisten. Si sos ajeno a estas fiestas y nunca fuiste parte de una, acá te contamos cómo son y cómo la viven sus habitués.
 
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Una silueta desgarbada se desliza entre el común de la gente. De pantalones raídos y abrigo hippie, se mueve siguiendo una música, un ritmo, para los demás imperceptibles. Lleva el pelo largo; es extraño, son como víboras que nacen de su cabeza. ¿Rastas se dice? Claro, dreadlocks.

Las miradas lo examinan pero él no se preocupa, está acostumbrado a sentirse estigmatizado por su apariencia. Con la frente en alto entona en voz muy baja una de sus canciones favoritas de Los Cafres: “No hay que juzgar a un hombre por su raza, estatura ni peinado. Estos conceptos debes de tener presente, en el momento en que vas a pensar, lo que vas a usar.”

Absorto en sus pensamientos, no se da cuenta de que alguien lo sigue, tratando de llamar su atención.

-Hey Juani, ¿vas a la estación? Aguantame que voy con vos -exclama una voz a sus espaldas. Un muchacho de apariencia semejante se le acopla. Así se van sumando, uno a uno, y al llegar a destino, son ya un grupo considerable.

Generalmente una vez al mes, en el marco de la Santa Reggae Fest, nuestra ciudad se envuelve en telas de colores. Por todos lados se pueden distinguir huellas de verde, amarillo y rojo.

La fiesta no tiene lugar fijo, se fue moviendo desde la S de Boulevard, el anfiteatro del parque del sur, el Teatro Municipal, hasta la estación Belgrano. Cuando el evento se aproxima, los organizadores se encargan de empapelar cada recoveco disponible. Por todos lados se anuncia el nuevo encuentro. Las bandas de nuestro país desfilan por las sucias paredes de la urbe.

Hay quienes asisten sólo para ver a determinado grupo, pues no son muy afines al entorno. Pero también están los que van rutinariamente, porque se sienten parte del ambiente, se identifican con el ritmo. Uno nunca sabe con qué se puede llegar a encontrar, hay de todo y para todos los gustos.

Donde sea que se ubique el escenario, los alrededores se transforman envueltos por el halo inconfundible que emana el reggae. Los carribares, siempre presentes en todo espectáculo, aromatizan el lugar con ese olor que apela a todo aquel que pase cerca. De vez en cuando se escucha un “¿Mayonesa y chimi?” proveniente de su interior.

El público llega de a poco, en pequeños grupos. Es común verlos con pañuelos en los cuellos, zapatillas gastadas, bandoleras o bolsos tipo carpeta. En la cabeza llevan capuchas o están despeinados, con cortes similares y rastas por todos lados. Nunca falta algún personaje, tipos con el pelo teñido de amarillo, peinados en forma de cresta, vistiendo camperas verde militar y prominentes borcegos.

Los vecinos a disgusto los ven pasar por sus veredas, empinándose algún porrón disfrazado en una botella de gaseosa, o directamente con la cajita de vino bajo el brazo.

Pero hay algo más, el aroma a hierba es característico de estos eventos. No se puede evitar sentir como el humo que proviene de cada rincón escondido te inunda la nariz, penetra en tus poros, te persigue y te envuelve en una nube extraña, irreal.

Adentro, el escenario se expande imponente ante su público. Las luces de colores hacen juegos extraños y así comienza a sonar el ritmo inconfundible que todos esperan. Al contacto de la música, los oídos reciben la señal y los cuerpos inician el movimiento: se quiebran las rodillas, primero una, luego la otra.

Inmediatamente el resto de la figura, con lentitud, se balancea hacia los costados. Las cabezas al unísono acompañan el sonido asintiendo suavemente. Siempre suenan letras como: “Sería bueno saber, ¿Por qué los gobernantes nos matan de hambre? ¿Por qué la policía te asesina en lugar de cuidarte? ¿Por qué el pobre mata al pobre en lugar de unificarse? Y que la unión haga la fuerza y que castigue al responsable.”

Frecuentemente se tocan temáticas de tipo social, además de políticas o religiosas. Se habla de la pobreza, la resistencia a la opresión del gobierno, como así también de la marihuana.

La Santa Reggae Fest es un espacio popular, de protesta y disfrute. Donde se combina la necesidad de ser escuchados con el placer de sentir la música vibrar en el alma. Dejando fuera los prejuicios y las apariencias, se unifican ahí todas las edades: adolescentes, jóvenes y adultos, bajo un mismo ritmo, un mismo color.
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