Así late un corazón olímpico
Carlos Francisco Delfino cabeza@carlosdelfino.com
Como ustedes saben, tuve la alegría de estar en 2 Olimpiadas: Atenas 2004 y Beijing 2008. Creo que son de esas cosas a las que uno empieza a valorar y le da la magnitud real con la medida que pasa el tiempo. He tenido la chance de participar en una competencia única. Creo que, antes que nada, hay que explicar que como deportista no hay satisfacción más grande que participar en una competencia tal, no hay comparación desde ningún punto de vista y, como siempre digo, no hay orgullo más grande que el de representar los colores de tu bandera en un evento de este tipo donde los ojos de todo el mundo están depositados y los competidores máximos de cada disciplina se reúnen.
 
Aún hoy me pongo a pensar y me vienen a la mente recuerdos para comentares, anécdotas y, la verdad, es que me vuelve una gran sonrisa y se me pone la piel de gallina porque ha sido una experiencia excitante y sin lugar a dudas un privilegio único porque no sólo competimos, sino que fue algo enorme y además nos tocó como grupo marcar el pico máximo de nuestra disciplina al ganar la medalla de oro en Atenas y luego volver a subir al podio por otra medalla de bronce en Beijing que fue enorme.

Ese orgullo que te da volver a casa con medallas es algo increíble, todo el mundo te conoce, te cuenta que te siguió, que alentó al equipo y a cada disciplina y, por supuesto, hay que pasear por todos lados con esa medalla porque todos quieren verla, tocarla y ¡Sacarse una foto con ella!.

Uno no puede no comenzar contándo las cosas desde el inicio de la competencia. El mítico desfile inaugural donde uno termina de darse cuenta y le da valor a cada esfuerzo previo por llegar alli. Es donde uno se mezcla con los connacionales y conoce todos los deportistas que estan defendiendo los colores en común.Y esto es algo que le da mucho color a la competencia. La convivencia con otros deportistas, que comparten la pasión de uno por esforzase y mejorar, pero que tal vez si no fuera por esta competencia no conoceríamos o no sería posible la convivencia. Tambien hay de todo, mezclas de distintos países, de distintas disciplinas, algunos profesionales, otros amateurs y está lo lindo de compartir el mismo lugar, de ir a ver el juego de un compatriota de otro deporte, de estar con otros deportistas que tienen el mismo objetivo: dejar lo mejor representado a nuestro deporte. Y todos conviviendo en un mismo lugar, pasándose el mate y alentándose día a día, eso es algo que hace muy llevadero todo.

Es difícil poder poner en palabras la emoción que se siente estar en una Olimpiada. El ritmo de partidos y entrenamientos es agotador, pero la felicidad de seguir en competencia no se compara con nada. Y a medida que va avanzando la competencia hay deportistas que van quedando en el camino, todo depende de la disciplina. En el básquet, como casi todos los deportes de grupo, se compite desde el inicio al fin de las olimpiadas, pero hay gente que al segundo día de competencia ya está libre y puede volverse a casa. Esto hace que también la villa gane en color, hay gente que queda de “turista” viviendo la villa y acompañando a compañeros y amigos.. Y si bien en los días previos al inicio de la competencia la pileta de la villa y el gimnasio está lleno de atletas concentrados en la puesta a punto final, a media que la competencia va pasando se desfigura un poco todo, como pasó en Atenas donde recuerdo que la pileta en la última semana se había montado un boliche prácticamente con dj y tragos incluidos.

En Atenas el pasatiempo común del equipo era el truco nocturno y la play station uno siempre busca este tipo de actividades para pasar el tiempo porque si no el encierro juega un papel duro en la competencia. En Beijing se hizo más ameno porque la villa tenia más comodidades habia wi-fi, salas de video para los equipos, muchas pelis en dvd para compartir. Las habitaciones eran amplias, Igualmente la play staion estuvo presente y aunque no soy un fanático, uno se prendía a ver los duelos internos del equipo y también los duelos con parejas de otros deportes. Y en cuanto al tema de los largos traslados que teníamos que realizar, casi la totalidad del equipo de básket la solucionamos con la compra de unas motitos eléctricas que ayudaron muchísimo.

Nosotros, por supuesto, como grupo siempre nos manejamos juntos y nos mantenemos concentrados. Gracias a Dios tuve la suerte de estar con un grupo de personas y jugadores fantásticos que nos permitió estar en el podio en ambas ocasiones y eso no es cosa de todos los días. Pero es un hábitat donde no estamos acostumbrados nosotros nos manejamos siempre en grupos sea para comer, como para movernos, pero en las villas también se complica por el tema de las distancias y esto hace que si el grupo no es fuerte o no tiene el objetivo claro se “desbande” fácilmente como le pasa a algunos equipos. Una villa olimpica es una ciudad, hay de todo: desde colectivos a seguridad, tiendas de primeras necesidades (kioscos/peluquerías/tienda de regalos) y por supuesto un comedor común para todos donde uno encuentra de todo a cualquier hora del día hasta un Mc Donald’s gratis hay.

Como dije una vez que me consultaron sobre Beijing, esos partidos se viven, se juegan y se analizan desde el corazón. El agotamiento es intenso pero la felicidad cura todos los dolores. Uno tiene en mente que está representando a mucha gente y eso te infla el pecho, te da ese empujón extra que es fundamental.

El estar en el podio, escuchando el himno, viendo subir la bandera es algo que no puede explicar con palabras. Es algo que lo llevo conmigo y que nunca me voy a olvidar.

Cuando estamos en medio de la competencia somos los responsables de nuestros propios sueños, somos los albañiles de cada una de nuestras proezas y es muy emocionante saber que tanta gente en nuestro país sufre, goza y festeja con lo que hacemos nosotros dentro de la cancha. Es un orgullo representar a la Argentina, cada uno de nosotros así lo siente.
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