El corsito de Facundo
En la infancia el Carnaval tenía un lugar importante en mi vida. Era una fiesta de inocencia y un momento de comunión pagana entre los chicos de la cuadra, del barrio, los vecinos y parientes. Por la tarde los bombazos y baldazos. Y a la noche los disfraces, pases de baile y recorrida por las calles.
 
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Puedo decir que el carnaval nació en mi vida con el gran impulso que le dio en mi barrio un, por entonces, estudiante de música, hoy concertista reconocido, Cristian Gómez. Vivía a la vuelta de mi casa, por La Rioja (hoy Eva Perón), entre 4 de Enero y 1° de Mayo. Seguramente entusiasmado por sus estudios musicales y las ganas de compartir la alegría con los más chiquitos del barrio, Cristian nos organizó, nos hizo preparar latas de batata con cordones y palillos como redoblantes, cacerolas y silbatos; nuestras madres ayudaron con corchos quemados que dibujaban nuestros rostros y con trapos y ropas viejas coloridas que transformaban nuestros cuerpitos en arlequines. Entonces salíamos a dar vueltas a la manzana tocando timbre y haciendo bullicio para que los vecinos se sumen con aplausos a la caravana de la inocencia. “Esta murga se formó…”, íbamos cantando.

Más tarde llegaron los carnavales de avenida Freyre. Mi mamá era locutora de radio, Popy Loyarte, y junto a otros colegas eran convocados año tras año a animar y conducir desde un escenario los tradicionales corsos de avenida Freyre. Entonces con mis hermanos y algunos pibes del barrio llegábamos temprano, junto a mi mamá, vivíamos los preparativos, disfrutábamos de ver las comparsas, tirar espuma, jugar con una pelotita rellena de aserrín envuelto de papel y enrollado con una goma elástica, que tenía un cordón de goma para revolearla, y nos enloquecíamos con las bailarinas que zarandeaban sus cuerpos. Y nos asustábamos de los payasos y los borrachos.

Pero además de estos festejos de carnaval teníamos otro, bien nuestro, el Corsito de Facundo. ¿Que quién era Facundo? Era el perro de la cuadra, en el barrio de la casa de la abuela de mi amigo del alma, Pablo. La abuela vivía en un pasaje por el suroeste de la ciudad, más o menos detrás del Regimiento 12, algo más al sur. Y en ese pasaje Facundo era el rey, el rey momo, el amigo de todos los pibes. No recuerdo bien cómo nació el nombre del Corsito de Facundo, quién lo decidió; seguramente fue su dueño, que era un vecino más de la cuadra, pero además era un comisario, creo, o alguien cercano al intendente, o algo así. Entonces el tipo conseguía el apoyo de la Municipalidad, cortaba el tránsito, montaba un escenario en una esquina y se armaba el carnaval.

Al Corsito de Facundo llegaban todos los pibes de los barrios cercanos. Se juntaban los más humildes con los que iban a la escuela al centro. Parecía que no había diferencias. Salvo en algunos disfraces más sofisticados.

Como mi hermano mellizo, Martín, y yo éramos “los hijos de la locutora de los corsos oficiales”, entonces se imponía que teníamos que ser los locutores del corsito. Nos ponían dos micrófonos, allí arriba del escenario, y teníamos que dirigir la elección del mejor disfraz. Recuerdo que un año mi amigo Pablo había viajado en enero a Brasil y se trajo tres novedosas máscaras de goma que cubrían toda la cabeza. Una para él, otra para mi hermano y la tercera para mí. La de Pablo era un diablo, así que las tías le confeccionaron el resto del disfraz todo rojo, con la cola y el tridente. Estaba bárbaro. No recuerdo qué era la mía, pero la de mi hermano era el rostro de un viejo pelado.

Aquella tarde previa al corsito estábamos en el departamento de los padres de Pablo, en el vecindario, en un verdadero cónclave entre padres, tías, vecinos y curiosos, mientras nos disfrazábamos. Y el personaje de Martín todavía no tenía nombre. Había que ponerle uno, porque a la hora del desfile, en el corsito, había que nombrarlo, para que la gente lo identifique. Entonces creo que Hugo, el papá de Pablo, dijo eufórico: “¡Es Panotto!”, y despertó la carcajada generalizada, mientras alguna madre o tía decía: “No griten, que va a escuchar Panotto”.

Panotto era un abuelo del vecindario, creo que del departamento 3. Y esa noche, iba a ser un personaje más del Corsito de Facundo, en la personificación de Martín. Así que partimos hacia el pasaje de la abuela de Pablo a festejar el carnaval. A la hora del desfile de personajes íbamos pasando uno a uno, hasta que llegó el turno de Martín. Me tocó tomar el micrófono y para desconcierto de todos dije: “Y ahora… es el tuno de… Panooottooo”. Claro que la mayoría se preguntaba quién era Panotto, mientras en un rincón un puñado de personas se mataba de risa: nuestros padres, familiares y demás, que les contaban al de al lado quién era Panotto. Pero había además un espectador que quizá era el que más se reía: Panotto. Nuestros padres habían invitado a todo el barrio, como cada año, a disfrutar del carnaval, y ninguno se dio cuenta que también estaba invitado Panotto, que no se lo perdió y se encontró con la sorpresa. Y, por cierto, lo tomó muy bien. Cosa de chicos… cosas de carnaval.

Nicolás Loyarte
nloyarte@ellitoral.com
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